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23/10/17

CUENTO "EL INFORTUNIO"

En una aldea vivían dos campesinos hermanos; uno pobre y el otro rico.

El rico se trasladó a una gran ciudad, se hizo construir una gran casa, se estableció en ella y se inscribió en el gremio de comerciantes. Entretanto, al pobre le faltaba muchas veces hasta pan para sus hijos, que lloraban y le pedían de comer.

El desgraciado padre trabajaba como un negro de la mañana a la noche, sin lograr ganar lo suficiente para sustentar a su familia.

Un día dijo a su mujer:

-Iré a la ciudad y pediré a mi hermano que me preste ayuda.

Fue a casa del hermano rico y le habló así:

-¡Oh, hermano mío! Ayúdame en mi desgracia: mi mujer y mis hijos están sin comer y se mueren de hambre.

-Si trabajas en mi casa durante esta semana, te ayudaré -respondió el rico.

El pobre se puso a trabajar con ardor: limpiaba el patio, cuidaba los caballos, traía agua y partía la leña. Transcurrida la semana, el rico le dio tan sólo un pan, diciéndole:

-He aquí el pago de tu trabajo.

-Gracias -le dijo el pobre, e hizo ademán de marcharse; pero el hermano lo detuvo, diciéndole:

-Espera. Ven mañana a visitarme y trae contigo a tu mujer, porque mañana es el día de mi santo.

-¿Cómo quieres que venga? Vendrán a verte ricos comerciantes que visten abrigos forrados de pieles y botas grandes de cuero, mientras que yo llevo calzado de líber y un viejo caftán gris.

-¡No importa! Ven; eres mi hermano y habrá sitio también para ti.

-Bueno, hermano mío, gracias.

El pobre volvió a casa, entregó a su mujer el pan y le dijo:

-Oye, mujer: nos han convidado para mañana.

-¿Quién nos ha convidado?

-Mi hermano, porque es el día de su santo.

-Muy bien. Iremos.

Por la mañana se levantaron y se marcharon a la ciudad. Llegaron a casa del rico, lo felicitaron y se sentaron en un banco. Había mucha gente notable sentada a la mesa, y el dueño atendía a todos con amabilidad; pero de su hermano y de su cuñada no hacía caso ninguno ni les ofrecía nada de comer. Los dos permanecían sentados en un rincón viendo cómo comían y bebían los demás.

Al fin terminó el festín; los convidados se levantaron de la mesa y dieron las gracias a los dueños de la casa. Entonces el pobre se levantó también del banco e hizo a su hermano una respetuosa reverencia.

Todos se dirigieron a sus casas haciendo un gran ruido y cantando con la alegría del que ha comido bien y bebido mejor. El pobre se fue también, y mientras caminaba dijo a su mujer:

-Vamos a cantar también nosotros.

-¡Qué estúpido eres! La gente canta porque ha comido bien y bebido mucho. ¿Por qué vas a cantar tú?

-De todos modos cantaré, porque hemos presenciado el festín de mi hermano y me da vergüenza por él el ir callado. Si voy cantando, los que me vean creerán que yo también he comido y bebido.

-Pues canta tú si quieres, que por lo que a mí hace, no cantaré -dijo la mujer con malos modos.

El campesino se puso a cantar una canción, y le pareció oír que otra voz acompañaba a la suya; en seguida dejó de cantar y preguntó a su mujer:

-¿Eres tú la que me acompañaba cantando con una vocecita aguda?

-Ni siquiera he pensado en hacerlo.

-Pues ¿quién podrá ser?

-No sé -contestó la mujer-. Empieza otra vez, yo escucharé.

Se puso a cantar otra vez, y aunque cantaba él solo, se oían dos voces; entonces se paró y exclamó:

-¿Quién es el que me acompaña en mi canto?

La voz contestó:

-Soy yo: el Infortunio.

-Pues bien, Infortunio, vente con nosotros.

-Vamos, mi amo; ya no me separaré de ti nunca.

Llegaron a casa y el Infortunio le propuso irse los dos a la taberna. El campesino le contestó:

-No tengo dinero, amigo.

-¡Oh tonto! ¿Para qué necesitas dinero? ¿No llevas una pelliza? ¿Para qué te sirve? Pronto vendrá el verano y no la necesitarás. Vamos a la taberna y allí la venderemos.

El campesino con el Infortunio se fueron a la taberna y se dejaron allí la pelliza.

Al día siguiente el Infortunio tenía dolor de cabeza; se puso a gemir, y otra vez pidió al campesino que le llevase a la taberna para beber un vaso de vino.

-No tengo dinero -le contestó el pobre hombre.

-Pero ¿para qué necesitamos dinero? Lleva el trineo y el carro y será bastante.

El campesino no tuvo más remedio que obedecer al Infortunio. Cogió el trineo y el carro, los llevó a la taberna, allí los vendieron, y se gastaron todo el dinero y se emborracharon ambos.

A la mañana siguiente el Infortunio se quejó aún más, pidiendo, al que llamaba su amo, una copita de aguardiente; el desgraciado campesino tuvo que vender su arado.

Aún no había pasado un mes cuando se encontró sin muebles, sin sus aperos de labranza y hasta sin su propia cabaña: todo lo había vendido y el dinero había tomado el camino de la taberna.

Pero el insaciable Infortunio se pegó a él otra vez, diciéndole:

-Vámonos a la taberna.

-¡Oh no, Infortunio! ¿No ves que ya no me queda nada que vender?

-¿Cómo que no tienes nada? Tu mujer tiene aún dos sarafanes; con uno tiene bastante para vestirse y podemos vender el otro.

El pobre cogió el vestido de su mujer, lo vendió, gastándose el dinero en la taberna, y después pensó así:

«Ahora sí que no tengo nada: ni muebles, ni casa, ni vestidos.»

Por la mañana, el Infortunio despertó, y viendo que su amo ya no tenía nada que vender, le dijo:

-Escucha, amo.

-¿Qué quieres, Infortunio?

-Ve a casa de tu vecino y pídele un carro con un par de bueyes.

El campesino se dirigió a casa de su vecino y le dijo:

-Préstamo tu carro y un par de bueyes por hoy y trabajaré después para ti una semana.

-¿Y para qué los necesitas?

-Tengo que ir al bosque a coger leña.

-Bien, llévatelos; pero no los cargues demasiado.

-¡Dios me guarde de hacerlo!

Condujo los bueyes a su casa, se sentó en el carro con el Infortunio y se dirigió al campo.

-Oye, amo -le preguntó el Infortunio-: ¿conoces un sitio donde hay una gran piedra?

-Ya lo creo que lo conozco.

-Pues si lo conoces lleva el carro directamente allí.

Llegado al sitio indicado se pararon y bajaron a tierra. El Infortunio indicó al campesino que levantase la piedra; éste lo hizo así y vieron que debajo de ella había una cavidad llena de monedas de oro.

-¿Qué es lo que miras ahí parado? -le gritó el Infortunio-. Cárgalo pronto en el carro.

El campesino se puso a trabajar y llenó el carro de oro, sacando del hoyo hasta la última moneda.

Viendo que la cavidad quedaba vacía, dijo al Infortunio:

-Mira, Infortunio, me parece que allí ha quedado aún dinero.

El Infortunio se inclinó para ver mejor, y dijo:

-¿Dónde? Yo no lo veo.

-Allí en un rincón brilla algo.

-Pues yo no veo nada.

-Baja al fondo y verás.

El Infortunio bajó al hoyo, y apenas estuvo allí, el campesino dejó caer la piedra, exclamando:

-¡Ahí estás mejor, porque si te llevo conmigo me harás gastar todo el dinero!

El campesino, una vez llegado a su casa, llenó la cueva con el dinero, devolvió el carro y los bueyes a su vecino y empezó a meditar sobre el modo de arreglar su vida.

Compró madera, se construyó una magnífica casa y se estableció en ella, llevando una vida mucho mejor que la de su hermano el rico.

Pasado algún tiempo, un día fue a la ciudad a convidar a su hermano y a su cuñada para el día de su santo.

-¿Qué tontería se te ha ocurrido? -le contestó su hermano-. No tienes qué comer y quieres celebrar el día de tu santo.

-Verdad es que en otros tiempos no tenía qué comer; pero ahora, gracias a Dios, no tengo menos que tú. Tú ven a casa y verás.

-Bien, iremos.

Al día siguiente el rico se fue con su mujer a casa de su hermano; al llegar vio con asombro que la cabaña del pobre se había convertido en una magnífica casa; ningún comerciante de la ciudad tenía una parecida.

El campesino los convidó con ricos manjares y vinos finos. Después de acabada la comida, el rico preguntó a su hermano:

-Dime, por favor, ¿qué has hecho para enriquecerte de ese modo?

El hermano le contó todo. Cómo se había pegado a él el Infortunio; cómo lo había hecho gastar en la taberna todo lo que tenía, hasta el último vestido de su mujer, y cuando ya no le quedaba nada le había enseñado el sitio donde se hallaba escondido un inmenso tesoro que había recogido, librándose al mismo tiempo de su mal acompañante.

El rico, envidioso de una suerte tan grande, pensó para sus adentros:

«Me iré al campo, levantaré la piedra y devolveré la libertad al Infortunio para que arruine por completo a mi hermano y no se vanaglorie delante de mí de sus riquezas.»

Envió a casa a su mujer y él se dirigió al campo. Llegó a la gran piedra, la levantó de un lado y se inclinó para ver lo que había escondido debajo. No tuvo tiempo de observar la profundidad del hoyo, porque el Infortunio saltó fuera y se colocó a caballo sobre su cuello, gritándole:

-¡Quisiste hacerme morir aquí, pero ahora por nada del mundo nos separaremos!

-Escucha, Infortunio. No soy yo -repuso el comerciante- quien te había encerrado en este calabozo.

-Pues si no fuiste tú, ¿quién ha sido?

-Ha sido mi hermano y yo he venido expresamente para libertarte.

-¡Eso son mentiras! Me has engañado ya una vez, pero no me engañarás la segunda.

El Infortunio se agarró al cuello del rico comerciante, y éste se lo llevó a su casa. Desde entonces todo empezó a salirle mal. Todas las mañanas el Infortunio empezaba pidiendo una copita de aguardiente, y a fuerza de beber le hizo gastar mucho dinero en la taberna.

-Esto no puede durar más -decidió el comerciante-. Bastante he divertido al Infortunio; ya es tiempo de que me separe de él; pero ¿cómo?

Pensó en ello mucho tiempo, y al fin se le ocurrió una idea. Fue al patio, hizo dos tapones de madera de encina, cogió una rueda de un carro y metió sólidamente uno de los tapones en el cubo de ella; después se fue a buscar al Infortunio y le dijo:

-Oye, Infortunio, ¿por qué estás siempre acostado?

-¿Y qué quieres que haga?

-Podíamos ir al patio a jugar al escondite.

El Infortunio se puso muy contento, y ambos salieron al patio; el comerciante se escondió; pero el Infortunio lo encontró en seguida. Cuando le llegó el turno de esconderse, dijo a su amo:

-A mí no me encontrarás tan pronto, porque yo puedo esconderme en cualquier rendija.

-¡A que no! -le contestó el comerciante-. ¿No eres capaz de esconderte en el cubo de esta rueda y crees que te vas a poder esconder en una rendija?

-¿Cómo que no puedo entrar en el cubo de la rueda? Verás cómo me escondo.

El Infortunio se introdujo en el cubo de la rueda, y el comerciante, cogiendo el otro tapón de encina, tapó bien con un mazo el lado abierto; luego cogió la rueda y la tiró al río.

El Infortunio se ahogó y el comerciante se volvió a su casa y siguió viviendo como en sus mejores tiempos, estrechando la amistad con su hermano.

Este cuento nos habla de lo importante que es ser un pilar, o sea, que estemos conectados al mundo material y al mundo espiritual. Y que aprendamos algo de la posesión material para usarla de manera que nutra a todas las personas que nos rodean.
Nos habla que hay veces que tenemos que perderlo todo, para encontrar la sabiduría de cada situación y encontrar el punto dónde al no tener nada, escuchemos aquello que nos lleva a realizar una profunda transformación para nutrirnos y ser ese pilar que necesitamos ser para nosotros y para los demás.

La enseñanza del sello del Caminante del Cielo del Tzolkin esta presente en este cuento.

Desde mi verdad y con todo mi amor y respeto. 

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FUENTES:
Autor: Aleksandr Nikoalevich Afanasiev
Cuento folclórico

22/10/17

CUENTO "HACERLO UNO MISMO"

En cierta ocasión se quejaba un discípulo a su Maestro:

«Siempre nos cuentas historias, pero nunca nos revelas su significado»

El Maestro le replicó:

«¿Te gustaría que alguien te ofreciera fruta y la masticara antes de dártela?».

Nadie puede descubrir tu propio significado en tu lugar


Este cuento nos habla de nuestra propia experimentación de una manera personal, si en la vida nos falta el libre albedrío para llevar a cabo las aventuras, nos faltará la información de las emociones para conectar con la parte divina de la aventura.

En este cuento está la enseñanza del sello del Humano del Tzolkin.



Desde mi verdad y con todo mi amor y respeto. 

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FUENTE:
Autor: Anónimo

21/10/17

CUENTO "LA OSCURIDAD ES LA ÚNICA LUZ QUE NO VES"

– Maestro, ayer en el autobús venía una mujer bailando y contorsionándose en su asiento al compás de la música. Parecía una loca y todos la mirábamos sin decir nada. ¿Es que se puede no tener vergüenza?
– Hijo, tu deberías tener vergüenza de tu observación y pregunta. Por lo que
me dices, esa mujer era el único ser feliz en ese ómnibus; todos los demás eran palos secos preocupados de sus pequeñas cosas y del qué dirán los demás.

Este cuento nos recuerda que es lo que se da más importante en la sociedad. Es momento de conectar con nuestra belleza, nuestro arte y amarnos desde nuestro amor incondicional. La única nutrición inagotable es la felicidad, ya que nos permite elevarnos y vivir la vida desde una perspectiva dónde el disfrute está presente para todas las personas.

La enseñanza del sello del Mono del Tzolkin esta presente en este cuento. 

Desde mi verdad y con todo mi amor y respeto. 

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FUENTES:
Del libro "Cuento Zen para la vida diaria y los negocios" de Mariano Merino

20/10/17

CUENTO "LOS OJOS CULPABLES"

Cuentan que un hombre compró a una muchacha por cuatro mil denarios. Un día la miró y echó a llorar. La muchacha le preguntó por qué lloraba; él respondió:
-Tienes tan bellos ojos que me olvido de adorar a Dios.

Cuando quedó sola, la muchacha se arrancó los ojos. Al verla en ese estado el hombre se afligió y le dijo:
-¿Por qué te has maltratado así? Has disminuido tu valor.

Ella le respondió:
-No quiero que haya nada en mí que te aparte de adorar a Dios.

A la noche, el hombre oyó en sueños una voz que le decía:
-La muchacha disminuyó su valor para ti, pero lo aumentó para nosotros y te la hemos tomado.

Al despertar, encontró cuatro mil denarios bajo la almohada. La muchacha estaba muerta.

Los cuentos hablan en un lenguaje que va más allá de las palabras literales que leemos.
La muerte en este cuento nos habla del tránsito de la transformación que realizamos en nosotr@s mism@s cuando nos apoyamos de manera incondicional en la transformación interna de mostrarnos tal cual somos, para amarnos sobre todas las cosas. En este caso la muerte, no es un hecho físico, sino una metamorfosis para alcanzar nuestra plenitud

Al arrancarnos los ojos, estamos extirpando aquello que nos aleja de nuestro camino y que lo haga la mujer nos lleva a darnos cuenta que es nuestro propio instinto el que aprecia su necesidad.
El dinero recibido es una recompensa llena de prosperidad y abundancia que trae ser un@ mism@ en el camino que recorre en su vida.

La enseñanza del sello del Perro del Tzolkin esta presente en este cuento. 

Desde mi verdad y con todo mi amor y respeto. 

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FUENTES:
Autor: Ah’med el Qalyubi

19/10/17

CUENTO "LA INTUICIÓN"

Había una vez y no había una vez..., en una noche oscura y fría, desde la última casa del pueblo, muy cerca del bosque, se ve una luz tenue que sale de sus ventanas. Dentro Tara, una mujer joven intenta calentarse acercándose al fuego del hogar. Tiene que tomar una difícil decisión y le cuesta respirar. Con un golpe de aire la ventana se abre y entra en la vivienda un aire gélido, corre a cerrarla y vuelve junto al fuego. Tras un rato se queda dormida en el suelo, apoyada en la pared.
Entra en un sueño profundo que la lleva a distintos paisajes... del centro del tronco surge una nariz, luego unos labios y finalmente unos ojos cansados, ya que es un árbol centenario. Tara se acerca un poco más para comprobar lo que efectivamente está viendo. En ese momento surge una voz dulce y suave. Tara no se asusta, todo lo contrario, aumenta su curiosidad y da un paso más.
- Buenos días, mi hijita.
- Tara responde, buenos días señora.
- ¿Ya sabrás por qué estás aquí verdad?
- He seguido la música, había oído hablar de ti pero no me habías llamado hasta ahora.
- Es el momento en que tienes que empezar a usar tu intuición. Tengo la misión de despertar en ti esa facultad que tenemos todos. No hay tiempo, estás en un grave peligro y necesitas saber qué camino tomar.
- Y ¿cómo la reconozco, dónde la encontraré?. Preguntó Tara.
- Querida niña, está dentro de ti, no te has de mover en su busca, va contigo para que la preguntes y la escuches.
- ¿Dentro de mi?
- Así es. Como has sido capaz de escuchar mi música, así has de atender a tu interior, de tu corazón surge una sabiduría que tú ya tienes, que te ayudará a tomar el camino correcto.
- Es como la música de este bosque, continuó la anciana del roble, si aquietas tu mente y escuchas tu interior, tendrás todas las respuestas que necesites. Tienes que dejar fuera a la mente, para que no interfieran con los deseos en tu conversación.
Tara movía la cabeza afirmativamente mirando hacia la anciana y a la vez sentía que se le abría en el centro del pecho una ventana, para poder hablar con su corazón.
Necesitas ponerte en marcha, niña mía, fuera de este sueño que te arropa se prepara una tormenta enorme. No puedes esperar más tiempo a que todo se arregle, tu casa no soportará más el fuerte viento. Coge ropa de abrigo e inicia un camino de transformación, porque así ha de ser. Estas tierras ya no son seguras. Aprieta contra tu pecho todo lo bueno que recuerdas. Vuela con tu corazón surcando el cielo, acaricia las nubes y siente... No dejes entrar al miedo, ni dudes. Solo siente el amor que tienes en tu interior, esto te dará confianza y alegría para seguir. Tú misma eres y estás hecha de amor.
- ¿Y qué dirección he de coger?
- Lo sabrás en cuanto inicies la marcha. Confía en tu intuición, en tu voz interior.
Tara abrazó a su amiga, y partió hacia los límites del sueño. Caminaba tranquila, feliz, se sentía acompañada y ya no tenía miedo.

Este cuento nos habla de utilizar conscientemente todas las vivencias y sentimientos que nos facilitan vivir los momentos difíciles a través de despertar la intuición, para revisar ser arrastrad@s por las emociones. 

Cuando exploramos las emociones desde fuera, sin implicarnos, sin juicios ni expectativas, nos encontramos con nuestro amor incondicional y desde hay es donde nos toca decidir si nos dejarnos nutrir de ese amor o de las subidas y bajadas de las emociones de los sentimientos. Se trata de cuestionar si vivo desde el libre albedrío o desde la esclavitud de la naturaleza que me proporciona la vida si me aferró a aquello que yo deseo sin saber que es lo necesario para mi y dejar así que las transformaciones en vez de acompañarme me arrastren.

La enseñanza del sello de la Luna del Tzolkin esta presente en este cuento. 

Desde mi verdad y con todo mi amor y respeto. 

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FUENTES:
Gracias a Tormenta Lunar en Facebook por darme a conocer este cuento

18/10/17

CUENTO "POR NO PERDER EL RESPETO"

Este es un cuento más largo de lo habitual y he encontrado el audio de dicho cuento por si quieres escucharlo en vez de leerlo. Te dejo el enlace por si es de tu elección la escucha en vez de la lectura, PINCHA AQUÍ
 
La señora Nicolasa, viuda del herrador, recibió una carta en que le participaban la imprevista y repentina muerte de su tío, el más rico tabernero de Córdoba. Convenía ir allí sin tardanza a recoger la herencia, antes que los entrantes y salientes de la casa lo hiciesen todo trizas y capirotes. Resuelta y activa, la viuda se puso el mantón y sin perder tiempo se fue a ver al tío Blas, el cosario, para que la llevase a la antigua capital de los califas. -Oiga usté, señá Nicolasa, yo estoy mal de salud, he tenido ciciones y aún no me he repuesto. Hasta dentro de siete u ocho días no pienso salir para Córdoba. -Mucho me contraría lo que usted me dice -respondió la viuda. -¿Cómo me las compondré? Yo necesito ir a Córdoba inmediatamente. -Ya usted sabe -replicó el tío Blas- que yo quiero complacerla siempre. Hay un medio de que mañana mismo, antes de rayar el alba, se ponga usted en camino. Puedo dar a usted dos mulos muy mansos y que andan mucho y una persona de toda mi confianza para que la acompañe. -¿Y quién es esa persona? -Pues mi nieto Blasillo. -¡Jesús, María y José! ¿Qué no dirían las malas lenguas del lugar si yo me fuese sola por esos andurriales con un mozuelo de veinte años a lo más, y que, si mal no he reparado, es guapote y atrevido? -Deje usté que digan lo que quieran, señá Nicolasa. ¿Quién está libre de malas lenguas y de testigos falsos? Hasta de Dios dijeron. Y por otra parte, créame usté, mi niño es un alma de Dios, mejor que el pan, incapaz de cualquier desacato. Con él irá usted más segura que con un padre capuchino. La viuda estaba decidida a ir a Córdoba y pasó por todo. -Iré con Blasillo -dijo por último. -Si murmuran, que murmuren. Yo confío en el buen natural y en la cristiana crianza del muchacho, y confío más aun en mi gravedad y entereza. -Tiene usted razón que le sobra, señá Nicolasa. El chico es tan bueno, noble y tranquilo que no será menester que usté se haga de pencas. La claridad del día iba extendiéndose por el cielo, se teñía el Oriente de un vago color de rosa que anunciaba la pronta salida del sol, y en la mitad del éter, como joya de oro sobre obscuro manto azul, resplandecía el lucero miguero. Corría un vientecillo fresco; los pajarillos cantaban; el rocío daba lustre y esmalte a la yerba nueva, blanqueaban los almendros en flor, y las nacientes hojas de los árboles deleitaban la vista con su tierna verdura. Era uno de los primeros días del mes de Abril. La señá Nicolasa había enviudado temprano y tendría a lo más veintiséis o veintisiete abriles. Era alta y esbelta, aunque poco enjuta de carnes. Su ademán decidido y su aspecto señoril, grave y casi imperatorio, se hallaban en perfecta conformidad con la fama que tenía de honrada, severa, valerosa y sobrado capaz de tener a raya a los hombres más insolentes, y de no necesitar protección ni socorro para impedir que le perdiesen el respeto. En aquella ocasión salió del lugar montada en un poderoso mulo romo, sobre muy lujosas y cómodas jamugas, con blandos almohadones de pluma y con su tablilla para apoyar los piececitos. Iba con tanta majestad y era tan gallarda morena que parecía la propia reina de Sabá cuando caminaba hacia Jerusalem para visitar a Salomón y poner a prueba su sabiduría con enmarañados acertijos. En el otro mulo, que llevaba el baúl de la viuda y algunos encargos, Blasillo iba detrás muy respetuoso y sin atreverse a hablar a la adusta y floreciente matrona cuya custodia le había confiado su abuelo. Pasaron no pocas horas, callados siempre los dos caminantes y marchando los mulos a buen paso. Estaban en medio de la campiña. No había por allí olivares, ni huertas, ni árbol que diese sombra, sino terrenos sin roturar, donde las plantas que más descollaban eran el romero y el tomillo, entonces en flor y que exhalaban olor muy grato, o bien extensas hojas de cortijo, sembradas unas, otras en barbecho o en rastrojo. Lo sembrado verdeaba alegremente, porque aquel año había llovido bien y los trigos estaban crecidos y lozanos. El suelo, formado de suaves lomas, hacía ondulaciones, y como no había árboles, la vista se dilataba por grande extensión sin que nada le estorbase. Aquello parecía un desierto. No se descubría casa ni choza, ni rastro de albergue humano por cuanto abarcaba la vista. El sol casi culminaba ya en el meridiano, y nuestros viajeros, recibiéndole a plomo sobre las cabezas, apenas proyectaban sombra. Ni en la vereda por donde iban, ni cerca ni lejos parecía bicho viviente. La señá Nicolasa empezó a sentir calor, fatiga y hambre, y mostró deseos de almorzar y descansar un poco. -Antes de diez minutos llegaremos -dijo Blasillo-. En cuantico subamos esta cuestecilla y estemos en lo alto de la loma, verá usted el arroyo que está del otro lado, y allí en medio de los álamos negros y de los mimbrones que crecen en la orilla, podremos almorzar muy regaladamente, descansar tres o cuatro horas y hasta echar una siesta.

Todo ocurrió como Blasillo lo anunciaba. Llegaron al arroyo cuya agua era limpia y cristalina. Cubrían su imagen tupido césped y silvestres flores. La espesura de los árboles formaba soto umbrío. En el follaje, por lo mismo que había poquísima arboleda por aquellos contornos, venía a guarecerse innumerable multitud de pajarillos de varias castas y linajes que animaban la esquiva soledad con sus trinos y gorjeos. Como el tío Blas era muy buen cristiano, muy recto y temeroso de Dios, muy seguro en sus tratos y persona de estrecha conciencia, había, según suele decirse, leído la cartilla a Blasillo y encargándole que no se desmandase en lo más mínimo, que le sacase airoso y que no desmintiese con su conducta las alabanzas que había hecho de él a la joven viuda, aunque para este fin tuviese que luchar con todos los enemigos del alma y vencerlos. A la verdad, no necesitaba Blasillo de aquellas amonestaciones. Siempre había contemplado a la joven viuda con tan profunda veneración, que el discurso de su abuelo de nada servía para disuadirle de propósitos audaces que jamás había formado. Antes bien, si Blasillo no hubiera sido tan bueno, el discurso del abuelo hubiera podido servir para despertar en su alma candorosa los propósitos susodichos.

Como quiera que fuese, Blasillo distaba tanto de haberlos concebido que se puso más colorado que un pavo cuando, con timidez que por dicha no deslustró su agilidad, su buena maña y la fuerza de sus brazos, recibió a la viuda, que se dejó caer en ellos para echar pie a tierra. Extendió allí Blasillo una limpia servilleta que sacó de las alforjas y colocó sobre ella los boquerones fritos, el pollo fiambre, el blanco pan y las apetitosas chucherías que para la merienda llevaba. Ni faltaron cuchillos y tenedores ni vasos de bien fregado vidrio, en el mayor de los cuales trajo Blasillo agua fresca del arroyo, reservando otros dos vasos más pequeños para el añejo y generoso vino de Montilla que había en su bota. La viuda y su acompañante se sentaron amistosamente, él enfrente de ella, y comieron y bebieron con fruición y como dos príncipes. Blasillo, más silencioso que parlanchín, apenas desplegaba los labios; pero la viuda hablaba y procuraba hacer hablar a Blasillo con preguntas y consideraciones. Casi ya terminado el festín y más animada la viuda, dijo a Blasillo: -Estoy contenta de ti. Estoy satisfecha. Tu abuelito te ha dado muy buena crianza. Pero hablando con franqueza, bien es menester que tenga yo todo el valor que tengo para fiarme, como me he fiado, de un mozuelo como tú, y para venirme sola con él y sin amparo ninguno a un sitio como éste, cuya soledad aterra. Ya ves tú... Ahora serán las doce del día. La tranquilidad y el silencio de estas horas y en estos lugares son casi tan medrosos como la tranquilidad y el silencio de la media noche. No parece sino que tú y yo estamos solitos en el mundo, o por lo menos que no viven en él seres humanos y de bulto, prójimos nuestros, sino pajarillos que cantan y que no saben ni entienden lo que nosotros somos ni lo que hacemos. Declaro que si yo no estuviera tan segura de mí y de ti me arrepentiría de lo hecho como del más osado y peligroso disparate. -Pues mire su mercé, señá Nicolasa, bien hace en no arrepentirse y mejor aún en no creer disparate lo hecho. Ya me recomendó el abuelo que me portase bien. Y no era menester que me lo recomendase. Yo soy quien soy, y conmigo va su mercé como bajo un fanal. Lo sé, lo veo, hijo mío -replicó la viuda-. Tú eres de los que no hay; algo de extraño y que no se estila. Y sin embargo... a pesar de tu excelente condición... ¿quién sabe?... ni aquí ni a mucha distancia de aquí hay criaturas de nuestra casta. Pero ¿podremos afirmar que en torno nuestro, sin que nosotros los veamos ni los sintamos, no haya duendes o diablillos traviesos que nos hablen al oído y nos infundan malos pensamientos?... Si he de confesarte la verdad, yo tengo miedo. Y no temo por ti ni por mí, si, naturalmente, seguimos siendo como somos. Temo por el misterio que nos rodea y en el cual tal vez se esconda no sé qué brujería o hechizo.

-Pues nada, señá Nicolasa, sosiéguese usted y no tema. Aquí no hay diablo ni duende que valga. Contra todos ellos, si los hay, me defenderé yo y defenderé a su mercé, y su mercé y yo seguiremos siendo los mismos que antes, sin trastorno ni encantamiento. Hubo una larga y silenciosa pausa. Luego exclamó la vida: -Quiero suponer, hijo mío, que tú a despecho de tu buen natural, movido por un poder irresistible, te atrevieses ahora a perderme el respeto. ¡Qué apuro el mío! ¿Qué recurso me quedaba? Tú tienes mucha más fuerza que yo. ¡Por los clavos de Cristo, señá Nicolasa! No se aflija su mercé ni me aflija suponiendo cosas indignas e imposibles. -Y con tal de que no sean, ¿qué importa que yo las suponga? Supongámoslas, pues. ¿Qué haría yo entonces? -Toma -contestó Blasillo-, gritar, que alguien acudiría. -Pero muchacho, ¿quién había de oírme, si estoy algo ronca y tengo la voz muy débil? Sobrevino otro largo rato de silencio. Luego dijo Blasillo: -Aunque fuera su mercé muda, señá Nicolasa, y aunque viniese a tentarme una legión de demonios, en este desierto y a mi vera estaría su mercé tan libre de todo peligro y de toda ofensa como si se encontrase en medio de la plaza de nuestro lugar a la hora del mercado. La señá Nicolasa se mordió los labios, hizo una ligera mueca, no se sabe si de satisfacción o de despecho, y calló durante largo rato, como sumida en profundas meditaciones. -Quisiera dormir un poco, -dijo por último. -Nada más fácil, -contestó Blasillo. Y sin añadir palabra, trajo la manta y los almohadones de las jamugas, los extendió en el suelo, preparando cama para la viuda y la invitó por señas a que se tendiese y durmiese. Luego añadió: -Yo me retiraré para que quede su mercé a sus anchas, no sienta ruido y duerma tranquila y a gusto. -Oye, hijo mío, no te vayas muy lejos, que tendré miedo si me dejas sola. -Pues está bien. No me iré muy lejos. Acostóse la viuda, pero se cuenta que no se durmió, aunque cerró los ojos y pareció dormida, y durmiendo, tan bonita o más bonita que despierta. Pasó más de una hora. Blasillo, desde el punto no muy distante a donde se había retirado, acudió de puntillas a ver si la viuda estaba aún durmiendo. La vio dormir, se detuvo inmóvil, mirando, mirando, reprimiendo el aliento, y se retiró para no despertarla. Siete u ocho veces repitió Blasillo la misma operación. No hacía más que ir y venir. Cada vez llegaba más cerca de la mujer dormida. La última vez, queriendo sin duda verla mejor y más despacio, se hincó de rodillas y se aproximó tanto a ella que, si hubiese estado despierta, según sospechamos, aunque no nos atrevemos a asegurarlo, hubiera sentido la respiración de Blasillo sobre su rostro y agitando los negros rizos de sus sienes, y hasta hubiera recelado que la boca de Blasillo iba al cabo a salvar la distancia cortísima que de la boca de ella la separaba. Pero no hubo nada de esto. Blasillo se retiró de nuevo. Y entonces, en el supuesto siempre de que la viuda pudiera estar despierta y fingir que dormía, la viuda hubiera podido oír un tenue y larguísimo suspiro. Al fin la viuda se recobró del sueño, fingido o verdadero, volvió a montar en su mulo, aupada por el respetuoso Blasillo que la levantó en sus brazos, y en gran silencio y sin otra novedad que merezca referirse, llegó a Córdoba aquella misma noche. La señá Nicolasa tuvo tan buena suerte y estuvo tan hábil, que en menos de cuatro días despachó cuanto en Córdoba tenía que hacer. Blasillo con sus mulos, la aguardó en una posada, según ella lo había exigido. Y luego que ella lo dispuso, Blasillo la acompañó y la llevó desde Córdoba al lugar en la misma forma y manera en que hasta Córdoba había ido. Hubo, no obstante, una notabilísima diferencia al volver. La señá Nicolasa se mostró a la vuelta más entonada y seria que a la ida. Al merendar en el sotillo, a la margen del arroyo que promediaba el camino, habló poco. No recordó sus pasados recelos y temores, no los tuvo otra vez y no quiso dormir o fingir que dormía. Por esto y porque los mulos, atraídos por la querencia, parecían tener alas y picaban prodigiosamente, el viaje de vuelta fue mucho más rápido que el de ida, y pronto se encontraron en el lugar los dos viajeros. Cuando al otro día fue la señá Nicolasa a ver al tío Blas para ajustar cuentas con él y pagarle, se entabló entre ellos el siguiente diálogo: -Estoy muy agradecida, tío Blas. Su nieto de usted es un santo. Se ha portado muy bien conmigo. Me ha cuidado mucho y no me ha perdido el respeto. Estoy muy agradecida. Lejos de mostrarse el tío Blas satisfecho de lo que la viuda le decía, la miró fosco y enojado y le dijo:

-Pues yo, señá Nicolasa, no estoy agradecido ni mucho menos. Lo tratado fue que el niño no había de perderle a usted el respeto y no se le ha perdido; pero no fue lo tratado que usted había de hacerle perder el juicio. Y usted se lo ha hecho perder con mil retrecherías, de las que él no me ha hablado, pero de las que yo sospecho que usted se ha valido. El muchacho ha vuelto medio tonto. No come, ni duerme, ni habla, ni ríe. Está como si le hubieran dado cañazo. Si así paga usted que el chico no le perdiese el respeto, más le valiera habérsele perdido.

La desalmada viuda, en vez de afligirse al oír aquellas quejas y al saber la cruel transformación que se había realizado en Blasillo, no acertó a disimular su alegría y dijo al tío Blas:

-Tío Blas, yo me confieso culpada. He provocado a Blasillo. Prendada de él, he dicho y hecho diabluras procurando que me pierda el respeto. No me le ha perdido, pero en cambio yo he perdido el juicio por él, y ahora, aunque usted rabie y se enoje, me alegro de saber de boca de usted lo que yo sospechaba ya, que él también ha perdido el juicio por mí. Pero esto tiene fácil y pronto remedio. Si Blasillo me perdona los seis o siete años que tengo más que él, y si no forma mala opinión de mí por lo desenvuelta que anduve en el sotillo, y si entiende, como entienden todos en el lugar, que nadie me ha tocado el pelo de la ropa sino mi difunto marido, que buen poso haya, acudamos al cura para que nos cure y para que sin perderme el respeto, él y yo recobremos el juicio que ambos hemos perdido. Aquí está mi mano. ¿Querrá Blasillo tomarla?

-¡Pues no ha de querer, señá Nicolasa, pues no ha de querer!

Y el tío Blas, muy contento, se desgañitaba gritando:

-¡Blasillo!... ¡Blasillo!... ven acá, muchacho.

A las voces acudió Blasillo, que por dicha estaba en casa. El tío Blas le dijo:

-Mira hombre, aquí tienes a la señá Nicolasa. Hazme el favor y hazle el favor de ser ahora menos respetuoso con ella que durante el viaje y plantifícale media docena de besos en esa cara tan hermosa, donde ella está deseando que se los des. Si con esto le pierdes un poquito el respeto a la señá Nicolasa y cometes un pecado, ya el cura te absolverá, la absolverá a ella y os echará a ambos las bendiciones.

Blasillo no se hizo de rogar. Arremetió con la viuda, ya sin la menor timidez, le dio muchos más besos que los que el abuelo le recomendó que le diese, los recibió de ella en inmediato pago, y con el mismo brío y facilidad con que había levantado a la señá Nicolasa para subirla en el mulo, la levantó en el aire y la brincó y la chilló como preciada y queridísima prenda suya. La señá Nicolasa se reía de gusto, cerraba los ojos como si fuera a desmayarse y se alegraba de todo corazón de que Blasillo no le hubiese perdido el respeto, a fin de ser pronto toda de él con respeto y con todo.


Este cuento se desarrolla en la sociedad del siglo XIX donde las mujeres tenían que ser muy inteligentes para poder disfrutar de la vida sabiendo que de fondo tenían siempre que estar en la sumisión y en lo que mandaba su padre, marido o hermano. Desde la perspectiva de un hombre vemos en este cuento como la inteligencia de una mujer se puede desarrollar para alcanzar el propósito que deseamos aunque la situación parezca poco propicia.

Se trata de disfrutar el desarrollo de la inteligencia para crear el pilar de aquello que somos y poder vivirlo observando aquello que la sociedad nos dice qué esta prohibido y dejar de ver la prohibición a través de llegar a cuestionarnos aquello que nos aporta la felicidad y dicha tanto de los demás como de la nuestra. Sin parecer que estemos sobrepasando los límites establecidos.
La enseñanza del sello de la Estrella del Tzolkin esta presente en este cuento. Esta energía de la Estrella Amarilla.
Palabras claves armonía, expansión, mostrador/a de caminos, hábil, optimista, energético/a, inspirador/a, nervioso/a, juguetón/a, amoroso/a, ocupado/a, estelar, inteligente. Es la elegancia, el arte y embellecer.
Nos descubre el potencial artístico innato dentro de cada uno/a (adaptando el treatro al desarrollo de la vida), nos alienta a mirar la vida con ojos de artista, buscando la belleza inherente en todo lo que nos rodea. Reconocer la belleza en todo lo que nos rodea, sea positivo o negativo, nos aleja de la acción de juzgar para acercarnos a la acción de aceptar, creando un estado de armonía a nuestro alrededor. Es la frecuencia de la Armonía y Creatividad. Nos inspira a apreciar la elegancia natural que emite la Naturaleza, la armonía y perfección de la existencia expresándose a si misma des del espíritu artístico. Es la luz que emana del interior.
Creer es crear. Embellecer nuestras creencias para descubrir el aspecto positivo y sanador de todo ser, situación y circunstancia, aprendiendo a si a armonizar la vida para expandir y transmitir la felicidad interior, mostrando la belleza del Ser. Un corazón brillante.
 


Desde mi verdad y con todo mi amor y respeto. 

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FUENTES:
AUTOR: JUAN VALERA

 

17/10/17

CUENTO "ATA A TU CAMELLO"

Un discípulo llegó a lomos de su camello ante la tienda de su maestro sufí. Desmontó, entró en la tienda, hizo una profunda reverencia y dijo:
- “Tengo tan gran confianza en Dios, que he dejado suelto a mi camello ahí afuera, porque estoy convencido de que Dios protege los intereses de los que le aman”.
- “¡Pues sal fuera y ata tu camello estúpido!”, le dijo el maestro. “Dios no puede ocuparse de hacer en tu lugar lo que eres perfectamente capaz de hacer por ti mismo.”

En este cuento se nos dice que cuidar de nosotr@s es tarea nuestra. Ya que si ponemos en manos de otras personas nuestro cuidado más básico, estaremos dejando de aportarnos lo más valioso: cuidarnos y mimarnos en nuestros quehaceres diarios. Si aprovechamos cuidarnos nos dará la posibilidad de disfrutar, de ser más auténtic@s, afianzando el Pilar que soy y poniendo en práctica aquello que veo en otras personas cuestionandome para sembrar semillas sanadoras.

La enseñanza del sello de la Mano del Tzolkin esta presente en este cuento.

Desde mi verdad y con todo mi amor y respeto. 

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FUENTES:
Autor : Anthony de Mello
Gracias a Tormenta Lunar en  Facebook  por por a conocer este cuento

16/10/17

CUENTO ZEN "QUIEN TE ENFADA TE DOMINA"

A Buda parecían dejarle impasible los insultos que le lanzaba aquel visitante.

Cuando, más tarde, sus discípulos quisieron saber cuál era el secreto de su imperturbabilidad, él dijo:

“Imaginad lo que ocurriría si alguien os ofreciera algo y no lo tomaríais; o si alguien os enviara una carta y os negaríais a abrirla: su contenido no os afectaría en lo más mínimo, ¿no es así? Pues haced lo mismo cuando os injurien, y no perderéis la calma.” Así, quien te enfade no te domina.

La única clase de auténtica dignidad es la que no sufre menoscabo con la falta de respeto de los demás. Por mucho que escupas a las cataratas del Niágara, no lograrás reducir su grandeza.


En este cuento se nos invita a perdonar a aquel que nos pone a prueba, que realmente soy yo mism@, ya que las personas que me rodean o las situaciones lo que hacen es ponerme la lección para ver si continuo adelante con esa asignatura o me toca volver a repetir. Por ello ante todo perdonar y saber que estamos al servicio en cada momento, pues cuando me enfado me hago daño a mi mism@ y a quienes me rodean. Hay que unir la situación que me acontece conmigo, para ver donde esta la transformación que necesito para ver la vida de otra manera y así con un cuestionamiento profundo me puede llevar al amor incondicional en la situaciones más delicadas de la vida, sabiendo soltar aquello a lo que me aferro.


En este cuento esta la enseñanza del sello del Enlazador de Mundos del Tzolkin.


Desde mi verdad y con todo mi amor y respeto. 



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¡Gracias, gracias, gracias! por el tiempo que me dedicas en mostrarte mi labor, por dedicarte tiempo en amarte y nutrirte, gracias a ello estás aportando un cambio al mundo para vivir en armonía. ¡¡Bendiciones!!

Los creadores de estas obras aquí recopiladas nos han dado un tesoro que perdurará en nuestra memoria y actos. Que nos ayudaran a sembrar semillas de gratitud, alegría y bienestar entre quienes nos rodean. Porque estar alegre nos permite compartir sin mirar con quien. Mirar la vida con los ojos de la alegría y observar sus maravillas.

Gracias por la labor de quienes hicieron posible este aprendizaje, quienes lo comparten y quienes lo utilizan para su crecimiento y el de los demás.

Si encuentras algún material que es de tu propiedad y no puse a quien pertenece, indícamelo que con gusto lo pongo. Así mismo, si deseas que algo de tu propiedad sea retirado por favor, para ambos casos ponte en contacto conmigo en departedemicaela@gmail.com. El respeto es fundamental. Gracias